Una de esas raras veces que comparten cama.

Anoche soñé con una película de terror. Tal vez fue culpa de Wired Magazine y su artículo muy simplón de los asesinos que son incapaces de morir. Ya no recuerdo el sueño, pero recuerdo la sensación que tuve al despertar: como si me hubieran metido un cuchillo por el estómago después de un temor agudo, un terror intenso, que me tenía al borde del asiento toda la historia, porque en el sueño lo miraba como una película y al mismo tiempo actuaba. Era testigo de mi propia persecución y muerte, de mi desarrollo inevitable y superficial que me conducía a la muerte a manos de una entidad sobrenatural, o de un asesino a serie, o del hijo deforme que nadie quería y le pusieron una máscara, le dieron un machete y le dijeron, ocúpate en algo mi niño, ocúpate del pendejo ese que nos está mirando. Fui testigo de mi propia muerte como el tipo de “La jetée” o Bruce Willis en Twelve Monkeys.

Es tan fácil desdoblarse en el sueño y pensar que eres dos, que eres tres, que eres cinco o seis. En el sueño te ves en un reflejo y te vuelves el contrarreflejo. En los sueños eres un diablo que toma posesión de todos los personajes. Sí, es raro pero pasa: El momento donde al diablo le sale el tiro por la culata y se queda atrapado en un personaje y que además, es testigo del camino que le espera. El exorcismo de un diablo y el diablo que, antes era travieso y dicharachero, quiere gritar que detengan la película, que no le echen el agua bendita y que lo dejen tomar posesión de un cuerpo humano, porque si no le esperan los separos en el infierno, o los regaños del jefe, ese que le abrió las puertas ardientes para que entrara a hacer travesuras.

Nico se descubrió en el espejo relativamente rápido. La primera vez que se miró, se subió a la cama mientras yo dormía y mi esposa se bañaba. El perro dio la vuelta y se encontró con otro perro que se movía como ella. Se ladró varias veces y luego se agachó. Justo en ese momento me desperté, la empujé y la tiré, para que no se quedara en la cama. –Bájate –le gruñí y caí dormido casi inmediatamente después. Sol terminó de bañarse y regresó a la cama. Luego de ese día, decidí comprarle un espejo para que se descubriera así misma. Fue casi inútil. El primer encuentro había bastado para la memoria del basset. Cuando le puse en el espejo se miró, acercó a oler y comprendió rápidamente que no había nada ahí, que sus ojos le estaban engañando y que su olfato –su poderoso olfato que todo lo sabe–, registraba el espejo como una ilusión, un mundo engañoso al que sólo podía entrar uno en sueños.

Ahora me parece que cuando duerme, Nico entra al mundo del espejo. La vigilo mientras tiembla, mientras ronca, mientras bufa y pienso que juega con su reflejo, que se persiguen las colas y se muerden las orejas. Pienso que a veces entra a mis sueños para morder los espíritus malignos pero esta vez nos salió mal. Yo porque tenía la idea de crearme un asesino perfecto, uno que jamás muriera y pudiera atravesarme el estómago con un cuchillo y ella porque se distrajo persiguiendo su reflejo, lamiendo el interior de sus orejas para dejarlas limpias y acostándose sobre las arrugas, y más arrugas, para sentir el calor de ese mundo frío, reflejado, aparentemente muerto si no es por el sol y por el movimiento del que se le pone enfrente. A veces creo que Nico se cambia por su doble y regresa como un perro nuevo, un perro con ganas de aprenderlo todo, pero aún cuando sus reflejos intercambien lugares, ambos envejecen y gradualmente duermen más tiempo, se echan más tiempo a soñar y a dormir, presiento que en algún momento, intercambiarán sus lugares tan rápido que nunca regresarán las dos del mundo del espejo, a no ser que sea por algo realmente importante, y entonces, Nico descubrirá el sueño infinito.

Yo, bueno, si vuelve a suceder, estaré preparado para recoger mis entrañas con las manos. Qué otra.