Apenas existen.

Apenas existen las hojas, los árboles, los vientos, los caminos. Apenas existimos, pienso, porque mi cabeza está nublada por tantos buenos días, por tantos ocupados días y cotidianos días, por la rutina de los paseos, de las caminatas, las pequeñas quejas de lo cotidiano, lo mundano y lo banal. En otra parte, en otro camino interno, todos los días es de noche y puedo verme sonriendo, y corriendo entre la sombra de los árboles, entre nubes oscuras y caminos vencidos. Puedo ver que mi sombra está esperando. Ni caso tiene preguntarle qué, porque le doy un pedazo de pan, compartimos juntos un cigarrillo (metafísico) y le explico que se calme, porque no estamos esperando nada. Mi sombra me insiste–. Claro, claro, claro que estamos esperando y vamos a seguir esperando. Habremos de encontrarlo aunque tengamos que intercambiar lugares –Hago una mueca, tal vez no sea tan malo. Que la sombra piense por mí en lo que yo, bueno, me duermo bajo un árbol oscuro y sueño como si nada pasara.