Me encontré una mano.

Soñé con un libro, soñé que era un libro muy breve y que lo había leído en unas cuantas horas, pero no puedo recordar otras cosas de ese libro. No puedo recordar si era entretenido, si era vital para la memoria de todos nosotros, si era un libro con un pedazo de la historia perdida de la humanidad, si era un libro que categorizaba ciertas especies de aves o un libro de ilustraciones para niños. Recuerdo, sin embargo, que en el sueño estaba emocionado por haberlo leído, que me sorprendía mi propia emoción y como había cambiado algo en mí (el cambio de percepción, esa cosa que sólo logran los buenos libros). También me sorprendía su efecto tan potente, a pesar de su brevedad. Como si hubiera encontrado en unas líneas una verdad que me parecía oculta, o que me parecía difícil de interpretar porque, bueno, porque algunas verdades son elusivas gracias a la necedad, a la comodidad de la vida o el temor de lo nuevo.

Mi sueño luego trata de una casa grande, con grandes vitrales y de cómo me escondía de unos seres humanoides, cubiertos de pelo y dientes afilados. Mi sueño trata de una humanidad oculta y de ciertos recuerdos de como estos seres arrancaban la piel de la carne, y se comían insaciablemente a los humanos. Entonces el libro no sólo era importante porque era breve y porque cambiaba la naturaleza humana, también porque era uno de los pocos que lo había leído y que podía llevar su existencia a otros hombres (si la humanidad sobrevivía). Me escondía en esa casa, caminaba de un cuarto a otro, tratando de ocultarme de estos primates altos, y fuertes. Me ocultaba de los primates que deseaban alimentarse de carne humana y que chillaban, en ocasiones, una especie de grito que lograba atraer a uno, a dos y que en el principio atrajo a cientos, o a miles, fuera de sus casas para que las criaturas pudieran comérselos.

Soñé que mi sueño era una película clase B.

Luego me oculté en el baño, me desnudé y me eché un regaderazo. Recordé, como quien recuerda algo por casualidad, cuántas veces había tenido sexo en ese baño, cuántas veces había tomado a alguien contra sus paredes y como empujaba mi sexo contra las nalgas, y como tomaba caderas, y como ahogaba con el miembro la garganta inundada de agua de regadera, y esos ojos cerrados por el agua de regadera, y ese cuello húmedo por agua de regadera que era tan fácil jalar cuando uno cogía en cuatro o cuando uno forzaba el miembro a las profundidades de la garganta, de la boca, tocar la campanilla con el glande. Soñé que recordaba como follaba en la regadera y luego mi soledad me inundaba de tristeza, mientras las gotas de agua caían por el miembro flácido, porque los monstruos estaban allá afuera comiéndose a los hombres (a la humanidad) uno a uno.

Luego soñé que ese libro lo había escrito Roald Dahl y que pensaba, vaya, eso debe ser una mentira. En la lista de libros que tenía de Roald Dahl ese no estaba ahí. Insistía con eso, con esa frase tan mezquina y pequeña: “Debe ser una mentira”.  Luego se me ocurrió que era el sueño, o el juego, de otro escritor. Uno que se despertó pensando que deseaba ser como Roald Dahl y que decidió escribir una novela en su estilo, pero con sus inquietudes. Escribió como Roald Dahl, pero habla de jardinería y de como unos duendes, con sus polvos mágicos, cumplían los sueños de los viejos cuando estos estaban a punto de morir, pero los sueños se distorsionaban y se convertían en las pesadillas. Se convertían en la memoria agradable del sexo y la soledad después, de descubrirse las gotas sobre los hombros, sobre el cabello, sobre el filo de la nariz o la punta del sexo.

Al final, como todos, desperté.