No creo que el nuestro sea el primer presidente borracho en la historia. “Alcoholic presidents” en Google me llevó a la página del Dr. Zebra y me pareció divertida. Perdón, dije una mentira, no creo que el presidente mexicano sea el primer presidente acusado de borracho en la historia. En alguna ocasión vi uno de los discursos de Calderón y estaba muy dicharachero, muy feliz, con un rubor muy curioso en las mejillas. Parecía muy amable. Sí, se le iban las eses un poquito y no pude evitar una carcajada. Ese hombre estuvo bebiendo, pensé, y supongo que si estuviera en su posición, bebería un poquito más. Tiene en sus manos un país muy feo (ya, ya, México es hermoso, sí, pero ahorita está bien feo) y muchos le están exigiendo respuestas, soluciones, muchos le llaman “Asesino” e “Incompetente”. Lo que sé, es que no tiene el carisma de otros presidentes para imponer una presencia. No me imagino la clase de presión que sufre todos los días. Es más, si intento imaginarlo, me dan ganas de beberme la botella de whisky que tengo escondida por ahí.

Y me fumaría dos cajetillas de cigarros al día.

Si una reportera me exigiera respuestas a nivel nacional acerca de mi supuesto alcoholismo, no le hubiera dado cuello. Miro como Carmen Arístegui habla en CNN y da entrevistas, ruedas de prensa, defendiendo su momento periodístico. Creo que sus preguntas y su preocupación son válidas: ¿Está usted borracho, señor Presidente? y si usted está borracho, ¿tiene la capacidad para manejar este país? Que la corrieron porque está presentando rumores como noticias. ¿Será? Creo que no soy el único que ha visto a Calderón en dos eventos, hablando con las eses medio chuecas. Eso es todo. Eses medio chuecas. Bueno, también discursos medio erráticos y confusos. No tanto como un alcohólico, sino como lo haría alguien que se tomó una o dos chelitas de más. Yo no la hubiera corrido, pues. Habría organizado una entrevista con mi reportero de confianza y mientras bebo una chelita, le hubiera dicho–. Una para el desayuno nomás y otra para la noche, si supiera lo estresado que vivo. Sin embargo, no me entrego al vicio porque tengo que mantener la mano fuerte para sujetar las riendas de este gran país –sonrisa, brillo de dientes o de lentes, ¿saben lo qué digo? Todos esos momentos políticos son aprovechables para mejorar la imagen. Hasta parecen nuevos.

Me gustaría tener un presidente con un vicio. Le daría una perspectiva nueva a la presidencia mexicana. (Es un decir. ¿No tuvimos un Presidente que se casó con una cabaretera? ¿A poco sólo la veía bailar?) Por supuesto, estoy hablando de un vicio que sea aceptable y ambiguo, como el alcoholismo. Nadie quiere un Presidente que se le antojen los niños, por ejemplo. O que contrate prostitutas que no sean de manufactura nacional. El alcoholismo es un vicio curioso. A todo mundo le hace reír y se siente más cómodo con un borrachín agradable. Hay gente que habla de sus familiares y sus copitas, y lo hacen con una sonrisa. –Regálame otra, ¿no mijo? –decía el abuelo. Además, no necesariamente sería un vicio. Que el Presidente comparta con nosotros que bebe una o dos copitas de vino, una cubita, un whisky on the rocks, una tella de tequila, un six de chelitas. Que el Presidente tenga la valentía en esta oscuridad que vive México, de aparecerse como un hombre que también tiene sus antojitos de vez en cuando. Nadie le pide que sea perfecto, solamente humano, un ciudadano ejemplar. Me “late chocolate” que mi Presidente beba.

Estamos viviendo épocas difíciles donde se nos exigen todas las virtudes y despedir todos los vicios. ¿No se nota la exigencia porque todos seamos hombres perfectos? Primero empezó con el cuerpo: Adelgaza, crece los músculos, huméctate la piel, hazte un modelo. Ahora… viene esa otra exigencia por ser un ciudadano ejemplar a nivel global, a nivel público. Que incluso un extraño sepa que eres un buen hombre con sólo de verte y ser un buen hombre, involucra que no tomes, no fumes, no mires otras nalgas, no hables mal de las personas con discapacidad, de los negros, de los morenos, de los pinches güeros, no te drogues, no discrimines, no estereotipes, no escupas lo que ya no se puede borrar, no digas peladeces. Un mal paso y ya estás acosando. Una vuelta equivocada y los medios que te cachan lo hacen saber a tu círculo de amigos.

¿Qué se puede hacer? Esto apenas es un inicio, quién sabe si alcanzará topes insoportables de pulcritud y moral doble. Nadie sabe. Por eso, mejor hago una invitación al tema inicial de esta entrada: Carmen, Felipe, una chelita y platiquen bonito, ¿vale?