Me gustó. Desde el primer día. No sé si porque me gustaba o nada más porque me dio pelota. Pero caí. Redondito. Como una fruta madura. Sin red. Derecho al suelo. Justo yo que acostumbraba caminar en lo alto.

A pesar de sus rabietas. Quién no las tiene. Será la cefalea, eso pensé. Nada que no se quite con un buen baño. Y un masaje. Y esos ojitos verdes, pensé, algo tendrán. Un mérito habido en esta vida o en la anterior, qué importa, eso.

Me hizo un lugar en su cama y me sentí habitar el mejor de los mundos. Con los ojos cerrados veía el techo con estrellas luminosas colgadas de una pintura azul. Me volvía a ella, a su pálido gesto, a las palabras que uno siempre dice en estos casos. Siempre te quise. Desde el primer día. No sé por qué. No me lo preguntes.

Déjame. Sólo eso. Que te mire. Esa piel tan blanca. Cada vena como un río. Azul, verde, latiendo. El cuerpo todo hecho un fuelle. Como dormida sobre un colchón de nubes que cuelga de las estrellas de un techo pintado de azul.

Tu tímida desnudez me convida a pasar. A saltar la verja. A cortar amarras. Amarro entonces eso de mí que de a ratos desprecias con eso de ti que tiene aires perfumados, de laberinto encantado, de imprudente tentación.

Y en tren de no esperar nada, que a todo se acostumbra uno, malparado me agarra la noticia de la demora. No sé bien lo que hacer. Ya se me ocurrirá. A lo mejor ya es la hora de dar el golpe de timón.

¿Ahora? ¿Para siempre? ¿Y si no la quiero? ¿Y si nunca la quise? ¿Y si lo único que en este momento se me da bien es el temblor de piernas?

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Jorge Mayer. Estudiante crónico de la carrera contador público. Escritor clandestino, que apenas si se vale de las letras para ganarse el favor de alguna que otra dama mal entretenida. Blog.