En mi casa hay un par de grietas por el temblor del ’85. Aún cuando tenía algunos años cuando lo viví, las grietas me recuerdan todo tipo de eventos, desde aquel temblor, hasta los temblores de mi vida personal. Hablo de los temblores de mi cuerpo, que durante muchos años han sido muchos y curiosamente, son como ramificaciones que siguen molestando y extendiéndose. Me pregunto algunas veces si podría cambiar, si podría ser un charlatán común, si podría ser otro. Pero el podría es imaginar agradablemente las oportunidades que negamos para ser otros. Ya soy un perro viejo. Nunca voy a cambiar.

La recámara principal, tiene una grieta especialmente grande, que parece una sonrisa vertical. La grieta es superficial, me dijo el arquitecto que traje para revisar el departamento. No tiene que preocuparse, repitió, es sólo pintura y el material es muy resistente. El ’85 fue muy mala suerte, ¿quiere que le traiga alguien para arreglarlo? No, respondí inmediatamente, me gusta la grieta ahí. El arquitecto se le quedó mirando un rato pensando lo mismo que pensé yo cuando la vi: es una vagina enorme. Ahora cada que la miro recuerdo donde estoy parado, mi vida y mis mujeres, cosas esenciales que nos marcan inevitablemente, eventos que van creciendo conforme pasan los años.

Mi posición preferida es como los perritos y mis instrumentos, las palabras para dominar, casi siempre son las mismas. Son grietas esenciales de mi persona. El error humano, la rutina, el placer y el hedonismo, son grietas que cuartean la piel. Tengo una cicatriz en una mejilla que me recuerda una amante dolida. Una larga cicatriz vertical como la sonrisa. Hace poco tiempo, guardo un diario para recordar todo lo que hice y sí en algún momento me pasa algo, alguien sepa por qué y como. Abrí un departamento con todas las grietas.

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Capurro no quisiera hablar de sí mismo, porque tiene un trabajo común y una vivienda común. Lo único interesante son sus mujeres y uno que otro vicio. Le gustó abrir un blog porque no tiene restricciones y se abrió un twitter nomás porque sí. En palabras más normales, es un adulto, tiene una hija olvidada y sabe sumar y restar.