Sólo he sacado mi laptop durante dos viajes en camión. En este que va a Puebla y llegará en dos horas. Y el diciembre pasado, que fui a Guadalajara. En diciembre estaba estrenándola y me pareció buena idea meterle algunos episodios de “House M.D.” para distraerme durante la noche. Insomnio. Esperaba con ganas el insomnio para utilizar mi juguete nuevo. Sin embargo, cuando cayó la noche, sentí pena por molestar a otros pasajeros con la luz de la pantalla. Decidí cerrarla y dormir. Esta vez, sentí la urgencia de escribir algo.

Antes escribía en los camiones a mano. Mis a’s y mis e’s, parecían arañas con cada piedritra o cada frenón del piloto. Era una lucha constante contra la física. El ser humano es una persona muy necia. El ser humano, por complacerse así mismo, es capaz de enfrentarse contra leyes muy básicas y universales. No puedo contar las veces que he intentado escribir durante un viaje. La imagen del escritor viajero, sobrepuesta en un microbús. Era ridículo, pero divertido al fin y al cabo. Cuando escribes, o lees, la gente se asoma para ver. Es un espíritu curioso… pues curioso. El mexicano si lee. Sobre todo si se trata del Libro Vaquero. ¿Qué escribía en mis viajes de Tacubaya a Polanco? Terminaba por escribir de lo difícil que era hacerlo en los camiones. Justo como ahora escribo lo cómodo que es hacerlo desde una laptop.

También escribía acerca de las personas que miraba. Anotaba sus manías. La persona que se sentó a mi derecha, por ejemplo. Antes de arrancar el camión, se asomó intensamente para mirar el pasillo. Como un perro desconfiado de las visitas, alzó las orejas y no se movió ni tantito. Lo miré unos segundo. Medio me correspondió la mirada. No saludó siquiera. Antes de sentarse, susurró un suave “puta madre”. No le gusta viajar acompañado, supongo. Tan pronto el camión arrancó, se cambió de lugar. Olí mis axilas. No, no olía mal.

Me dio gusto que se fuera. Es mejor tener dos lugares para uno solito. El señor, de repente se asoma para verme con mi laptop, mientas come. Una torta de milanesa y un té arizona de sandía. La película suena. El tráfico esta bueno. Es agradable escribir durante los trayectos. Escribir es pensar en voz alta, todo lo que miras a través de la ventana. Lo que miras en tus compañeros de viaje. Compañeros silenciosos, desconocidos, distintos en toda ocasión. Siempre miro atentamente los rostros de las personas que suben al camión. Es una fantasía que tengo: si el camión choca, si el camión cae por el barranco, deseo saber con que personas voy a compartir la muerte o el esfuerzo por sobrevivir.

Dejar la Ciudad de México es lo más interesante. Atraviesas Zaragoza, Neza, etcétera. Ves la cantidad de camiones y de coches. Pasas por un cerro cuyo nombre desconoces porque no son tus rumbos. A veces pienso que es el Cerro de la Estrella, pero lo dudo. Lo sabría si realmente me interesara. Miras las grutas y la erosión del terreno. También una virgencita a la que puedes alcanzar escalando. El tráfico. Camiones de ADO, Estrella Roja, SUR. Camiones que van hacia Chalco, San Martín, Río Frío, u otras partes del Estado de México. Algunas veces me pregunto como sería vivir por ahí. La película hace escándalo para entretenerte. El hombre perro ya esta hablando por celular.

Ahhh, las ocurrencias de salir por el puente. De todas maneras, debo trabajar el lunes. Mi casting se complicó de una manera increíble. Mi señor director, quiere un niño chimuelo de 4 ó 5 años. ¿ustedes recuerdan cuando perdieron sus dientes de leche? Yo no. Pero según los dentistas del mundo, estos se pierden a partir de los 7 (un poco más) años. Los niños de 7, 8 ó 9 años, piensa mi director, ya están demasiado grandes. Mi solución: seguir tomando video a los niños del mundo, hasta que encuentre lo que busca. Por cierto, también quiere que el niño sea capaz de recitar Hamlet.

Si continúo así, en dos horas terminaré escribiendo una novela. Es hora de cerrar esta laptop. Ya se cumplió el capricho. Pasen buenas tardes, o noches, o hasta la hora que se me permita publicar esto.