Todo estaba bien. Cuando decidí descansar de mi blog –el cual he mantenido cinco años, ¡gracias!–, me fui a la playa. ¿Les he contado que de viejito deseo morir en la playa? Me parece que sí, muchas veces. Lamentablemente, por más literato que me presuma, sigo teniendo mi sueñito clasemediero: una casita cerca de la playa para morirse ahí.

¿O será que así le pasa a los tipos que se la viven en la ciudad? “Híjole, ya estoy harto del smog, del tráfico, del ruido y de Andrés Manuel López Obrador… mejor me voy al cerro, al campo, a la playa, al norte para que me saquen a palos por chilango presuntuoso y mi acento capitalino. Me voy, ¡a donde sea!”

Me fui a la playa, lo confieso, ¿y qué? Quería escuchar el mar, ¿y qué? Quería soñar con abandonar mi vida de esclavitud, hombre gris y borrego, multiplicado entre tantos que caminan de mañana a sus trabajos con el hilo de baba y el almohadazo, ¿y qué? Me fui a la playa, porque deseaba tocar la arena con los pies desnudos y jugar con mis botecitos rojo y amarillo, y hacer un castillo, ¿y qué?

Todo eso pensaba que ni disfruté la playa–. Híjole, el señor de las mojarras ha de pensar que soy chilango y qué voy a llegar bien fresón a comprarle su choza.

Los días pasaron en profundo silencio, en olas de mar chocando unas contra otras, en mis tenis llenándose de arena y mis calcetines perdiéndose en la chocita baratona que renté. Llevé libros y no abrí ninguno. No llevé repelente y los mosquitos me picaban. De una semana que fuí, los tres últimos días por fin le agarré gusto a acostarme en la arena y simplemente tomarme la cerveza. Mientras me asomaba por encima de los lentes, a ver si aparecía Gael García y Diego Luna, para pedirles prestada a Ana López Mercado. Mínimo. Las gaviotas ensuciaban mi parasol, los cangrejos caminaban sobre mis piernas y los corales de mar me huían porque no era una mujercita supersticiosa.

Ni siquiera había tomado fotos.

Consciente de mi pecado al no haber tomado una sola foto estando en la playa, busqué mi cámara y me puse a tomar de la arena, los cangrejitos, mi sombra y el mar. El señor de las mojarras nomás se reía de mí. Creo que se rió de mí toda la semana. Nomás por el antojo de ver mi panza saltando, me puse a saltar y tomar fotos. Ea. Un saltito y una foto, otro saltito y una foto, podía escuchar claramente sus carcajadas y luego mi sombra echó a correr. ¡Se fue corriendo por la arena! Y ahí me tienen persiguiéndola y gritándole barbaridades–. ¡Hey, hey, sht, regresa aquí condenada jija de tú…! –pero mi sombra no hacía caso, siguió corriendo y yo tras de ella, sudando todo el cigarrillo y las cervezas, y detrás de mí las carcajadas estruendosas del mojarrero.

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Foto: Florencia.

Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post:

Escribir me aburre