No es un accidente que me encuentre aquí, entre tanta gente, para buscar al tipo que te tocó. Prometí que te cuidaría. Las bocinas lastiman mis oídos, el hombre de la cadena casi no me deja entrar si es que no le doy el billete de quinientos. No buscó en mis bolsillos, no me quitó la pistola, no sabe que estoy aquí para protegerte. Te tocó más de la cuenta. Aprovechó la oportunidad que le diste y que yo estaba distraído… no… aprovechó la debilidad en mi juramento. Siempre había jurado que estaría ahí para protegerte, pero ya ves. Uno promete, y promete, yo velaré tus sueños, yo te lavaré los pies cuando los ensucies, cuidaré que nada te falte… y promete y promete… y me equivoqué, cerré los ojos un momento y estuvo encima de tí, se aprovechó de mi ceguera, de la falta de compromiso en las promesas, de … no lo sé. Creo que no estaba lo suficientemente consciente cuando hice la promesa. Es muy fácil hablar de compromisos y juramentos, y también es muy fácil darte cuenta que se rompieron porque no prestaste la suficiente atención… los accidentes pasan, diría mi difunta esposa… pues sí, pero también es de nosotros corregir los errores.

Por eso estoy aquí, para corregir el mío… Ya la edad no me ayuda a distinguir tan bien como antes, incluso con mis lentes miro mal. Los niños voltean cuando los empujo y me abro paso. Han de pensar que soy el padre de alguien. No se equivocan, pero no saben que mi hija no esta aquí, y que ella tiene quince años más que tú. Me suda la mano, sigo empuñando la culata de la pistola. Cuando te ví, no imaginaba que llegaríamos a esto, pero hoy te vas a enterar de lo que soy capaz. Me imaginarás frente a él, con la pistola alzada y él rogando por su vida. Me imaginarás joven, con fortaleza, digno… me imaginarás como un rey. Hay tanta gente, miro las mesas, las caras de los hombres, aún no veo sus cejas espesas, su nariz afilada, sus ojitos azules… Hace tiempo que lo sigo y no me da buena espina, ¿lo sabías?, no debió tocarte. Me acaricio el rostro, cierro fuertemente los ojos, las luces me están haciendo daño, estoy sintiendo el corazón que se me escapa por la gabardina. Algún estúpido comenta-. ¡Mira como rebotan las luces en su pelona! -Risas. Acelera mi pulso. Hoy vas a saber lo que soy capaz por ti.

Un niño me entierra el codo en una de las costillas y grito de dolor. -Perdón abuelito -me sonríe y alza su vasito, para decir salud. Me dejó sin aire. -No soy tu abuelo.

-Ya le pedí disculpas, ¿qué más quiere? ¿Le invito algo? Véngase con nosotros.

Lo hago a un lado con mis manos y escucho sus disculpas, y sus risotadas poco después. Una jovencita ebria se acerca y me acaricia la calva. Le aparto las manos, pero ella parece más fuerte, me las hace a un lado fácilmente, me toma de las orejas y me jala para besarme exactamente en la frente. -Le dejé marcadito viejito -exclama y ríe. Prometí que te cuidaría, pero ni siquiera pude defenderme del ataque de ebriedad y euforia de una chamaca. ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por eso le preferiste a él? ¿Por qué podía hacer tus manos a un lado y besarte? ¿Por su actitud despreocupada y divertida? Tomé asiento, mientras me hacía todas estas preguntas y pensaba en tu rostro.

Te conocí en casa de tus padres hace dos años. Desde entonces he velado por tí en silencio. He encargado a mi asistente que te cuide en las buenas y en las malas. He sabido de tus novios, he logrado apartarte de los que no te convienen, he logrado cuidar tus estudios y que tus padres no se enteren de tus malas calificaciones. He sido muy discreto, pero desde hace tiempo quise confesarte mi amor. Pero se acercó él… se acercó él con su juventud, sus dientes aún blancos, su cabello negro y sus manos sin manchas. Un hombre así no puede tener buenas intenciones.

Uno de los niños golpea mi cabeza y la dentadura se cae al piso…

Ni siquiera intento recogerla, cuando miro que la pisan y rompen los dientes de porcelana. Mi amor… Ibas a casa, a cuidarme, a tenerme paciencia y escuchar mis anécdotas viejas. Ibas a casa a confesarte, a hablarme muy reservada de tus amores, con tus ojos jóvenes y tus piernas lisitas. La dentadura… el pulso… el corazón… todo se me rompe esta noche. No estoy joven para cumplir mis promesas. ¿Tu novio? Ya lo encontré, esta frente a mí y me observa, me reconoce. No hacemos nada, sólo nos miramos. Él alza su vaso diciéndome salud, su gesto serio y galante. La gente de aquella mesa se aparta, como una cortina, y te miro, caminando hacia él. No debí venir esta noche. El pulso… el corazón, las promesas se rompen esta noche.

Este maldito impulso del amor viejo.

Foto: Ester Escobar.

Este cuento forma parte de los fotocuentos que escribí en este blog.

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