Si se despedaza una mentira… los pedazos son la verdad

Eugene Gladstone O’Neill (1888-1953)

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No soy un tipo sonriente, ni cursi. Tampoco soy un amargado. Soy buena onda, tengo mis momentos de felicidad, pero hasta ahí. Por eso, cuando me comisionaron escribir una historia de amor a siete capítulos, no salté de alegría. No sé escribir historias de amor que no acaben medio trágicamente, o que no contengan groserías. Es por eso que me disculpo de antemano con mi editor, si encuentra algunas groserías. Le prometo que solamente serán mías y de nadie más.

Mientras pensaba en las vicisitudes que debía contener una de estas historias y personajes memorables para acompañarla, se me ocurrió que no debía ir tan lejos y relatar algo que ocurrió hace poco entre un trío bastante inusual. Si ventilo su historia, es porque los tres me caen mal o no tengo nada que me una a ellos, mas que una relación laboral y la pura casualidad. He recogido pedazos de la historia entre Matilda, Borneos y Caifás entre viaje y viaje. Como soy muy preguntón cuando algún chisme me interesa, tengo casi todos los detalles y los que no, digamos que los inventé.

Matilda se me acercó corriendo, como una gallina descabezada, cuando su jefe le había dado la nota: “O inventas una buena idea para el siguiente comercial, o te largas”. Había cometido la indiscresión de decir estupideces en sus últimas dos juntas. En una de ellas, por cierto, presenté el casting y un chavo que ahora es un hit de telenovelas, Matilde tuvo el atrevimiento para decir a mitad de la junta que tenía los dientes amarillos y un ojo virolo. No sólo me echó a perder mi trabajo, sino que también los clientes se dieron topes contra la pared cuando se dieron cuenta que pudieron tener imágen sin pagar los miles de pesos.

Cuando me contó que casi la corren, aparte de reír con saña mientras tapaba el micrófono, le invité un cafecito (pagó ella, por supuesto…) porque soy un hombre preocupado por las personas con problemas, no porque quisiera verle las nalgas. Como si se pudieran ver un poco cuando se pone los pantalones, y la falda, y otros pantalones. No sé que les da a los creativos por siempre vestir lo mismo: pedazos de tela que no coordinan en colores, mascadas y/o lentesotes. Los mismos lentesotes de plástico que odio. Tal vez sí, tenía la esperanza de verle las nalgas a Matilda… pero no se lo digan a nadie porque soy un hombre comprometido y me pueden meter en problemas.

Fuimos a un cafecito condesero en la Narvarte, ella pidió su latte y yo un moca frío. Como Matilda es de esas mujeres que hablan y hablan, y uno sólo puede decir: “Simón”, “No lo sé”, “Quien sabe”, apagué mi sentido auditivo para escuchar sólo las partes que me interesaban como: “No mames güey, casi me corren de mi chamba”, “Ya me amenazaron con quitarme el bono”, “Tienes un blog super chido, ¿no puedes darme una idea para mi comercial?”. Alcé una ceja, le recordé muy amablemente que la última junta me había ido del carajo porque abrió la boca, ella hizo la típica mirada a un lado como de quien no escucha y me la dejó ir–. Es que estoy enamorada, por eso tengo problemas.

–Simón.

–Seguramente ya sabes de quién.

–No lo sé.

–De tí, menso.

–Quien sabe.

–¡Agustín!

–No creo Matilda –le dije–, te enamoras cada dos meses y no sé porque has agarrado la terrible costumbre de contármelos todos. Al menos sé de quince. De verdad, tú crees que con tu bagaje espermático, voy a caer rendido a tus pies y derechito a lamerte las pantorrillas. Ni una vez te he visto las nalgas con toda esa ropa que traes. No me puedo enamorar de una mujer a la que no le conozco la curvatura.

–¿Qué? ¿Bagaje espermático?

–Utilízalo para el comercial que México esperaba.

Se quedó calladita un rato.

–¿Bagaje espermático?

–Simón.

–Ya Agustín, de verdad… la neta eres un güey que me cae a toda madre, eres super lindo con tu chava, escribes muy padre y no he hecho otra cosa que pensar en tí. Bueno, a veces eres un poquito egomaniaco, distraído, medio patán, no te sabes vestir bien… pero la neta, ya van dos veces que te sueño, y me despierto pensando: “Qué onda”, así bien nerviosa, como con ganas de estar contigo, y yo creo que es algo del inconsciente, y mira… si me porto bien, rompes tu compromiso, hacemos nuestra vida juntitos, tú escribes, yo hago comerciales, así todo super padre y si te enamoras bien bien de mí, tenemos un hijo, porque hijos con papás que no se aman, pues esta cabrón. Luego nos compramos un depa en la Del Valle, contratamos una niñera, o si te quieres quedar de amo de casa no hay pedo, yo le chambeo cabrón, y así… super padre. ¿Entiendes?

–No lo sé –dije, mientras tomaba un sorbo a mi cafecito.

–Esta bien, entonces no nos enamoramos.

–Me parece perfecto. Yo nunca lo estuve –le dije, prendí un cigarro y la miré a los ojos. Ella desvió la mirada. Matilda se miraba distraída como siempre. Los creativos me parecen como escritores de chicle. Si de por sí, un escritor suele tener en la cabeza las palabras y su mente es como un chiquero de ideas que vuelan una detrás de otra, y tiene que estar recogiendo los pedazos para masticarlos y escribir exáctamente lo que quiere decir, imaginen un creativo que tiene chicle en todo lo que imagina. El creativo no digiere como el escritor, sino que continua masticando. Al empezar a masticarlo el dulce se le va, el color se le pierde y tiene que aprovechar sus ideas lo más pronto posible, o si no lo pierden todo: la consistencia, la textura, el sabor, la forma, el color.

–Mi ex, Rubén, miró al perro.

–¿Qué?

–A Nicodemo.

Una historia interesante, de esas pocas que guarda Matilda aparte de su ropero, es que el fantasma de su perro le sigue a pasitos ligeros. Todos los ex-novios de Matilda en algún momento de la relación, cuando Matilda camina frente a ellos unos pasos, han visto a un labrador blanco que voltea a mirarlos para enseñarles los dientes. Una aparición que dura cinco segundos. No sé si hablan entre ellos y ya tienen un club, si lo usan como excusa para dejarla, o si ella tiene el descuido de decírselos de la manera indicada para sugestionarlos. Personalmente no creo en la historia. Cada que la escucho, miro al cielo, silbo y pienso–. Alguien ha leído demasiado Gabo.

–¿Por qué no te enamoras de otro? –le pregunté sonriente.

–¿De quién?

–De quien quieras. Hay un chavo muy interesante trabajando conmigo. Se hace llamar Borneos –le dije, mientras le daba una fumada a mi cigarro y miraba los ojos de Matilda. Verdes, lindos, profundos. No traía lentesotes, se veía bonita con su nariz respignada y su piel morena, bien cuidada. Pensé que si la continuaba mirando a los ojos, lograría una especie de sugestión hipnótica. Funciona, siempre funciona. O eso quise creer. No es que Borneos me cayera de maravilla y supiera tanto de su vida como para endilgarle a la Matilda, pero me era más que suficiente para quitármela de encima.

–¿Esta guapo?

–Quien sabe.

–Ummmm.

–Te lo presento. Mañana pasa a la oficina y te lo presento. Es un chavo extraño, te va a caer muy bien. Mientras tanto, pide la cuenta y paga mi café, porque ya se me hace tarde ¿eh?, nos vemos mañanita.

Nos despedimos de beso… y bueno, al día siguiente, no esperaba que mi plan funcionara demasiado bien.