–¡No me pintes la boca!
–¡Qué si te la pinto!
–¡No me pintes la boca, que así se hacen los putos maricos!
–¡Qué si te la pinto para que te veas bonito!
–¿En serio me voy a ver bonito?
–¡Qué si!
–Mamá me esta tomando una foto… no, no, no, no… groso. Ahora voy a tener una foto dónde mi padre me diga que fui un marico muy temprano.
–Te ves re-chulo de bonito.
–Qué espanto.
–¿Quieres que te cuente un espanto?
–Cuéntame un espanto.
–¿Sabes por qué Martín y Georgina ya no juegan con nosotros?
–¿Por qué?
–Porque se los llevó un robachicos.
–¡No es cierto!
–Se los llevó un hombre de jeans y chamarra negra, con un cigarro en la boca. Se los robó en una camioneta.
–¿En serio?
–Ajá.
–¿A dónde se los llevó?
–Dicen que en su camioneta había un cactus que comía niños y que tenía hambre.
–¡Los cactos no comen niños boba!
–¡Si comen!
–¡Qué NO!
–¡Qué si! Dicen que se ha comido tantos niños, que hasta alguien ha escrito un libro de la cantidad enorme de niños que se ha comido. Le llaman el libro de los niños muertos.
–¡No es cierto babas!
–¡Déjame pintarte los ojos, o si no te llevará el cacto come nenes!
–¡MAMÁ! ¡DILE A BERENICE QUE LOS CACTOS QUE COMEN NIÑOS NO EXISTEN!

Foto de Foto: Fander.

Este cuento forma parte de los fotocuentos que escribí en este blog.

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