Tengo una historia que contar y sucedió frente a mi computadora. Estudiaba para mi examen, llevaba ya varios días estudiando. Era el último de la carrera, el que definiría mi vida como licenciado, profesionista, hombre de bien y honorable, o adorable para las chicas. Decía yo que estaba frente a la computadora estudiando, acerca de los núcleos filosos de un electrón carga catorce… no. Esperen, no estaba estudiando eso, eso no existe y no tiene sentido. Pero decía, estaba frente a la computadora, estudiando para mi último examen, cuando una ninfeta se conectó al messenger y quiso platicar conmigo. Era mi novia, pero se hizo llamar ninfeta y me contó una historia tenebrosa dónde a ella le salía pelo, y cola, y orejas de gata, y me presumió que estaba en celo. Estaba decidido a no hacerle caso, cuando escuché MIAU, MIAU, y rasguños en la puerta. No… no fue así, más bien, le presionó a la cosa esa de zumbido y yo tenía que estudiar para mi examen. Así que abrí su ventana, y le pregunté ¿qué pasó? Ella me contestó–. Nada ha pasado, amado mío, voy a contarte una historia tenebrosa, dónde me crece el cabello como un animal, las orejas como un gato y mi vagina estará en celo porque necesita parir a dieciseis chamacos. No me lo tomen a mal, de alguna manera extraña me estaba calentando, sentí la erección rozar mis pantalones tan fuerte como el núcleo filoso de un electrón (carga catorce) y me lo saqué de los pantalones, entonces nos contábamos la historia por micrófono, una dónde ella arqueaba la espalda y me hacía MIAU MIAU y a mí el coso se me llenaba de pelos de gata, humedad de gata y se me estremecía como un resortito por los maullidos del gato. Pero tenía que estudiar, porque mi último examen era mañana, y antes de cogerme muchas gatas prefería ser un hombre de bien, así que de vez en cuándo, mientras continuaba vapuleando el miembro con mi mano, leía atentamente los procesos administrativos para tratar una máquina de emergencia contra los tubos de escape de la fábrica de muñequitas.

La ninfeta se fue en algún momento. Me dejó el miembro lleno de pelos y yo pensaba que debía continuar estudiando mi texto. Entonces solté mi miembro, tan duro como hacía unos momentos, le di click a la ventana de mi texto y continué leyendo. Entonces curiosas imágenes saltaron a mi cerebro, dónde un enano se peleaba contra un golem de tres cabezas. Necesitaba la armadura nivel setenta y ocho, hecha de escamas de dragón, porque de lo contrario no podría entrar a la empresa de los procesos administrativos de las muñequitas con sus máquinas y esos cosos. Di click para minimizar el documento, y con el miembro todavía erecto, abrí el MMORPG de mi preferencia. Encontré a mi personaje, un enano demasiado alto y fuerte para su bienestar, y viajamos juntos para conseguir la armadura que me ayudaría a conseguir la aprobación de mi necesitado examen. Necesitaba estudiar el proceso evolutivo de las células madres escondidas bajo el platito de microondas junto a otras bacterias, y sólo tendría la capacidad suficiente para manejar esos reactivos si conseguía la espada nivel 99, la llamada de las Mil Verdades. Viajando por montañas, cargando los maleficios encima, enfrentándome a goblins rastreros… no, espera. Mi profesor dice que los que más saben son los más enfermos y desdichados. Los que más saben… yo sabía que tenía mi miembro en la mano, la espada de las mil verdades. Cerré horrorizado el juego y abrí de nuevo mi documento. Debía estudiar las consecuencias del 9 de septiembre en la economía mundial y como afectó esto los centavos de una libra esterlina abandonada en Wessex.

Alcohol y pastillas, mantenerme despierto, puse música para relajarme.

Debía estudiar la inevitabilidad del destino, cuando Helena de Troya se comió un sandwich mientras Sansón le gritaba dónde había dejado su cabello. No debía ser imposible. Puse algo de música y continué leyendo mi documento. Escuchaba la voz melosa de la nena de Belanova y el poster de Faye Valentine adquirió vida. Entonces pensé, idióticamente, que Faye y Denisse eran iguales. Denisse se vestía igual que Faye. Denisse quería ser Faye. Denisse me apuntó con una pistola y barajeó las cartas, y me propuso–. Juega, vamos, juega conmigo en Yahoo. No puedo jugar en Yahoo, Valentine, porque si juego no podré estudiar las repercusiones del suicidio de Saddam en los niños de 9 y 10 años que vieron la televisión el dieciocho de septiembre del dos mil dos. Ella pareció sonreírme y entenderme, pero continuamos jugando lo que parecieron años. Una escalera real me indicó que mirara a la ventana, pronto serían las seis de la mañana, pero no importaba porque estaba sentado frente a Faye Denisse y habíamos prometido que si yo ganaba el juego, recibiría la mejor mamada de mi vida. Eso me prometió, que se escondería debajo de mi escritorio y tomaría mi espada de las mil verdades. La espada necesitaba aceite para manejar la máquina de las células madres, es bien sabido por todos. Pero que si perdía, oh… si yo perdía, tendría que ponerme la pistola en la boca y jalar el gatillo, porque es fácil perder cuando no sabes nada, es fácil perderlo todo cuando repruebas ese examen. Pero así pasa, mi profesor de ojos tristes y voz cansada me lo prometió: Los que más sabemos, más sufrimos.

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Foto: Tonchi.

Este cuento forma parte de los fotocuentos que escribí en este blog.

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