Cuando esta sentado en la banquita con su libreta de notas en la mano, piensa escribir la historia más grande del mundo, piensa escribir la historia que contenga dentro de sí todas las historias, lo cual sería imposible, porque después habrá alguien como él, que piense incluir dentro de la historia de las historias la propia historia que ahora esta pensando escribir. Sentado en la banquita con el viento pegándole en la oreja, toma su pluma y anota palabras al azar, pensando que algún día podrá utilizarlas de veras y que uniéndolas, en el contexto adecuado por supuesto, dirán solas lo que ha tratado de decir todo el tiempo. Y escucha mientras, a los niños corriendo por el centro comercial de enfrente, pidiendo a sus madres un helado por el calor espantoso que hace. También escucha a las parejas besándose cuando juntan los labios y explotan los *smuacks* tronados, como estrellitas marineras que explotan. A veces escucha y mira, por supuesto, a los coches que se estacionan enfrente, pensando que algún día será grande para comprarse uno de esos, filas interminables de coches con placas del otro lado exponen su culo ante sus ojos, como si fuesen bailarinas de can can.

Y todo se le olvida, cuando a las 3.13 de la tarde, a veces un poco más tarde, ella toma asiento donde siempre y se le queda mirando a su vez. Se le olvida su libreta tan importante donde reunirá el destino de todas las historias del universo y se le olvidan los helados y los coches, y los niños llorones. Sólo permanece un calor insoportable y la notoriedad de su falda de cuadritos, de sus muslos de niña, de su mirada altiva. *Ella debe de saber lo que estoy pensando*, piensa, *ella debe saber que pienso que piensa lo que pienso*.

Alguna vez anotó en su libretita que era imposible hacer cualquier actividad cuando una estudiante como ella se paseaba inocentemente, casi enseñando los calzoncitos de algodón, moviendo las caderas y riendo con las amigas. Anotó también que el mundo debía detenerse, que coches debían estrellarse unos contra otros, que los contadores anotarían mal un cero, que los curas detendrían casi, imperceptiblemente, su sermón para tragar saliva. Incluso pensó, mientras trataba de dormir con el miembro bien parado, que las nalgas de una colegiala era la verdadera historia que contenía todas las historias, que no necesitaba más, que no habría que escribir lo que ya estaba escrito. Y si fuese músico acabaría cantándoles, y si fuera pintor acabaría pintándoles, y si fuera alfarero haría unas piernas preciosas, con todo y calcetas, de cerámica para adornar su casa. Durante muchos días y muchas noches no pudo dormir, pensando en ello. Pensando eso que ella sabía que pensaba.

Ya no tuvo caso resistirse. Fue en la brisa vespertina que ella se sentó a mirarlo de lejos otra vez, entonces el hombrecito valiente dejó su libreta en la banca, caminó hacia ella, le apretó los cuadritos con la mano y le besó en sus labios para susurrarle el viento.

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Foto de Noesh.

Este cuento forma parte de los fotocuentos que escribí en este blog.

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