Hizo que su vieja sala negra, la retapizaran
de ocre, y se recostaba en el sillón
cubierto de una chelaba café, con los cactos alrededor,
y la música Árabe prendida. Si ella regresara,
pensó, se sentiría en casa.

–“Cactos”, Mathew Sweeney.

Es que hizo mucho calor estos días, le susurró el hombre al cacto que sostenía en el hombro con la mano izquierda. Me llamaron la atención el par de personajes, saqué mi libreta e hice una anotación muy breve de ellos: Posible loco habla con su cacto en voz alta. Después anoté palabras sueltas alrededor de la anotación: “Bob, Cacto, Sweeney, Satélite, Soledad”. Me encogí de hombros, cuando terminé de hacer mi pequeña actuación de escritor atento, me dije en voz baja que podría ser una buena historia, miré al cielo y me sentí reconfortado al mirar como las nubes empezaban a engrisecerse. Deseaba que lloviera pronto para que el agua se llevara el calor acumulado en el concreto, y es que, había estado haciendo tanto calor. Como hizo mucho calor, dijo el hombre, seguro te insolaste y por eso ya no quieres decir palabra. Me guardé el impulso de sacar mi libreta para anotar la posibilidad de que el cacto tuviera una voz propia. Era muy probable que lo recordara de todas maneras.

Me senté como ellos en una de las bancas del parque, miré como los chamacos se subían a sus bicicletas, como guardaban ya sus pelotas y sus muñecas, o muñecos. Los árboles se mecían poquito y las gotas que se escapaban entre las hojitas de los arbustos, hacían un ruido reconfortante. Chispeaba un poco y después se soltó una ligera lluvia que apenas podía sentirse. El parque, poco a poco, acabó por vaciarse, donde los personajes nuevos consistían en mujeres con un paraguas a la mano. El hombre, con el cacto en el hombro, pareció sentirse contento de que su “loro” recibiera agua y miró de buen modo hacia el cielo. Hice lo mismo, un poco interesado, tal vez, por sentir una verdadera empatía por aquel hombre. Miré las nubes atento, ahora si que parecían algodón, y también eran como una división. Del blanco a gris, y de gris a negro, me provocó sentir que algo estaba pasando en el cielo. Una ruptura, una especie de lucha, algo que se estaba partiendo en dos. Miré al hombre del cacto otra vez, se me hizo vagamente familiar. La lluvia me acarició un rostro que se angustiaba, mientras que “Bob” continuaba mirando al cielo, sonriendo.

–¿Cómo te llamas? –le pregunté curioso. Se escuchó un trueno y pensé que si el hombre no se quitaba el cacto del hombro, acabaría por ser un para-rayos ambulante. Le miré sus pantalones azul oscuro, su playera naranja suelta, no había notado el contraste hasta que la lluvia había empezado a caer. Si, el universo estaba insistiendo en quebrar todas las cosas en dos–. ¿Cómo te llamas? –volví a preguntar.

El otro hombre alzó una ceja, pareció un poco angustiado, le echó una breve mirada a su cacto como si consultara con él, después me miró directo a los ojos y comprendí, un poco–. Me llamo Agustín.

–Que casualidad –le respondí y me eché a reír.

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Foto de Ministry.

Este cuento forma parte de los fotocuentos que estaré escribiendo en este blog. Si quieres formar parte o enviar una foto, revisa este post:

Escribir me aburre