Cada vez que veo una foto de una mina así, me dan ganas de empujarla al agua y ese sentimiento es más intenso con mi propia nieta. No es que quiera ahogarla, a ella y otras niñas en fotos similares… no, Dios me libre. Pero qué cosa, tenerlas a las minas bien protegidas, cuidaditas del mundo. No sé como decirlo pero las mujeres nos hemos ganado esos privilegios, al menos las de mi clase. Nos hemos ganado el privilegio de no empujar a nuestras niñas, cuando mi padre me mandaba a matar conejos y ranas para cenar algo, o cuando mi padre me daba con la vara porque las tortillas no estaban listas. No estudié en la primaria, mi padre quiso que fuese hombre, mi padre nunca quiso mi sexo. Después me casé con un hombre culto, un hombre que me quiso, un hombre que me ayudó. Ahora mis hijas me recogen fotitos del internet y me regalan libros y revistas. Me regalan en un CD las fotos de mi nieta para verlas en una computadora que me regalaron. No es que me queje de los privilegios, pero sólo pueden imaginarse los problemas y nuestros años de guerra. Y pude con mi propia guerrita, lo que mis años me permitieron, para que mi nieta pudiera tomarse una foto acercándose al agua.

No es que me queje, pero cuando le platicaba las primeras veces a mi hija como romper el cuello de una liebre ella no me creía, hasta que me la llevé un día a la cocina y le enseñé paso a paso como hacerlo. Ella acabó horrorizada, y en cierta manera, sus ojos brillaron de orgullo al poder matarla con sus propias manos. Desde entonces le cuenta a sus amiguitos que mató un conejo, lo cuenta como una terrible experiencia o como una medalla de honor, como una entrada a un mundo que ya desconoce. Como si no supiera la pobre que todavía muchas mujeres andan librando su guerrita, para que sus hijas puedan contar ese tipo de historias a sus amiguitos. Por eso me dan ganas de empujar mi nieta al agua, como una travesura nada más, porque mi padre me empujó al agua muchas veces, porque a veces mi padre jugaba conmigo, y así me enseñé a nadar, pero me contengo… pobre de mi niña, yo peleando tanto para que sus días pasaran como fotos de postales, para que sus recuerdos felices se empalmaran con los míos.

Y no me quejo, en serio que no, ya puedo enseñarle a mi nieta lo que fue mi mundo, mi niñez. Y no sé como enseñárselo, si contárselo de poco en poco, o si darle un libro. En vez de empujarla al agua, le voy a dar uno de espantos, le voy a dar *Dracula* o *Papillón*. Le voy a poner una película de las indias de Chiapas, que bien que mal, estoy cerca de ellas y ahora, tan separada. O mejor me quedo calladita y miro la foto, miro la foto una vez más y dejo que el tiempo me continue consumiendo. Esta bien, mejor cuando crezca un poquito la empujaré al río. No en balde fueron setenta años para que tuviéramos privilegios.

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Foto de Sikanda.

Este cuento forma parte de los fotocuentos que escribí en este blog.

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