Mes: septiembre 2004

Toutatis nos decepcionó

Yo esperaba el fin del mundo con cierto agrado, con cierto ánimo, con cierto optimismo pues. Me pagué un boleto ficticio por un millón de dólares ficticios. Subí una sillita a la azotea de la casa y desde las tres de la mañana esperé en vela por los efectos climatológicos que el asteroide debía traer consigo y si, fuí víctima de uno de ellos: El pinche frío. Estornudé, tosí, casi saqué los pulmones por la garganta hasta que fui por una chamarra y santo remedio. Prendí un cigarrito, saqué un termo de café y allá, en la azotea de una casa cualquiera esperé el fin del mundo. Sonreí divertido, ¿cuántas veces leí el “Por Tutatis” de Goscinni? Asterix rifa, definitivamente. Ahora si, que caiga el cielo en nuestras cabezas y ¡qué todo termine ya! Me tomé mi cafecito, mi cigarrito… debían ser ya las cuatro de la mañana, el tiempo pasa rápido cuando gentes como nosotros piensan estupideces todo el tiempo. El silencio se veía interrumpido por alguno que otro conductor que se creía el nuevo Fitipaldi. Uno que otro drogo caminando en las aceras, ya sin varo para llegar a su casa. Uno que otro taxista iluso, que piensa que juntará la cuenta a estas horas… ¿qué no sabe que el mundo se acaba en unas horas? ¿Ya para qué? Puaft. Una que otra escoba barriendo… ¿qué la...

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Kayla

Kayla era mi compañera de la escuela, me gustaba mirarla cuando esperaba a que mami viniera por mi. Kayla siempre me pareció muy solita. No hablaba con otras niñas, ni con otros niños. Nadie se le acercaba y los niños que querían molestarla se arrepentían, porque decían que ella era más fuerte y más grande. Ella era el enemigo. Eso me gustaba de ella, eso y su pelo grande y casi amarillo, sus ojos verdes como el aceite que usa mi mami para su ensalada. La primera vez que escuché su nombre me dio risa, Kayla… Kayla, como una canción para mi era Kayla. Antes de morirme, fue el día que conocí a Kayla. Dos señores querían robarme, mi mamá ya me había advertido de los robachicos y por eso corrí tan rápido como pude y grité el nombre de la policía. Y le mordí la mano a uno de esos señores, que con un golpe escuché como me rompió algo. Me hice un angelito. Y entonces descubrí la verdad de Kayla, porque con mis ojos de angelito miré sus alas negras como de ángel malvado. Kayla escuchó mis gritos, Kayla se alzó la blusa y descubrió un cuchillo muy grande que estaba guardando, Kayla corrió hacia los señores tan rápido como los chitas de la tele y Kayla les cortó los pies y las manos, y los ojos...

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Una vida sencilla

Ayer platicaba con una amiga, entre café y cigarrillos. Me la encontré en la cafetería, charlando con dos profesores y otra amiga en común. Uno de los profesores era Collin White, como impone su presencia… me gusta observarlo, sus ademanes, como se expresa, como habla el español con un ligero acento inglés que no puede, ni debe, abandonar. Por lo regular, me quedo callado cuándo está él porque me intimida… pero eso no quiere decir que me rinda, de alguna manera busco puntos en común, algo que él (viejo sabelotodo) y yo (joven que se cree sabelotodo) podamos entender....

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Kayla

Kayla no sabe que el mundo es un desierto y se la pasa corriendo en los escombros, por ahí y por allá. Kayla no sabe que el mundo me ha hecho daño y que me ha convertido en un hombre muy grande que está destinado a seguir creciendo, hasta que los órganos le revienten. Kayla no sabe leer y me permite que lea los cuentos de los hermanos Grimm, que llevo en una de las bolsas de mi gabardina. Kayla me dice que así es el otro mundo y me arranca una sonrisa. Mi rostro tan estirado ya, que me da miedo que se rompa cada vez que me hace sonreír y ella se ríe y se burla de mi, entonces a Kayla le nacen alas de un Fénix y me dice–: Un viejo como yo las tuvo hace mucho tiempo, pero no supo que hacer con ellas. A Kayla no le importa y se ríe de las nubes oscuras en el cielo. Ella dice que incluso, allá detrás de todos esos grises feos, hay conejos corriendo tras los ciervos, y los ciervos persiguen cuervos de pelajes azules y brillantes, que a su vez persiguen un árbol que camina y corre de contento. Me he reído mucho de la imaginación de Kayla –Los árboles no corren. Y ella se ha reído de mi. –En Fafjel, corren todo el tiempo....

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Un poco de leche

Sí, me gusta que maúlles como gata, si me gusta que arquees la espalda como felina, que muevas la colita y tus ojos te brillen en la oscuridad. Un poco de leche (Lado...

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Un poco de leche

Sí, me gusta que maúlles como gata, si me gusta que arquees la espalda como felina, que muevas la colita y tus ojos te brillen en la oscuridad. Que si me gustan los ronroneos cuando me besas y me muerdes los labios, y me los jalas y se te escapa una sonrisa de picardía. ¿Cómo no me va a gustar? Que me gusta que restriegues tu piel, tu pecho con mi pecho, los pezones rozándose uno a otro y tu lengua, lamiendo como si tuviera un poco de leche en mi rostro. Que si me gustan tus uñas, como garras, marcando líneas en mi vientre y armando caminos entre los vellos púbicos y te haces la que no sabe como, cuando me agarras el miembro y lo mueves torpemente para desesperarme, así como los gatos hacen cuando su amo no les presta la atención debida. Si lo tienes en tu mano, para mi ya es demasiado tarde, porque ya no me puedo soltar y me tengo que aguantar el hilo de saliva que haces con la punta de tu lengua, desde la abertura de mis labios, bajando a mi cuello y llegando, sin querer queriendo, a mi ombligo. Entonces abres la boca y como tú dices, me tienes completo. Maúllas con la boca llena, sonríes con la boca distorsionada, no bajas hasta la garganta: No, no todavía… porque tienes...

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Las líneas del metro

Rodolfo pensó suicidarse, mientras se excedía la línea de seguridad unos centímetros. Se dejaría caer en el metro. Lo haría, pensó, tirándose como cuando no importa nada, como cuando se toma una resolución importante en medio segundo: haciéndolo y ya. Rodolfo pensó en suicidarse, dejándose caer a las líneas del Metro. Si no lo mataba la electricidad, pensó, le mataría la velocidad del monstruo naranja. Se arrastraría, su cuerpo deshecho, por las piedras esas negras que le ponen al túnel. Entre esas piedras, pensó, ha visto visto pequeños ratones correr por aquí y por allá. Hasta cucarachas ha visto, pensó Rodolfo, comiéndose los restos de azúcar de alguna envoltura acaramelada. Rodolfo pensó que sería buen detalle hacer una pose de bailarín de ballet antes que le pegara el primer vagón, pensó que haría reír a toda la gente que esperaba como él su orange limousine. Rodolfo también pensó que podría arrepentirse en el último instante y que sería, lamentablemente, demasiado tarde, pero estaría contento de verse en el Limbo donde están los no bautizados como él, les diría de como pensó suicidarse y de como engañó los trámites celestiales. –Me suicidé –les diría, con una copita de vino–, pero Dios no contó con que no estuviera bautizado. Y reirían, y Rodolfo estaría contento al haber expuesto sus pensamientos amarillos. Se sonreía en voz alta, se sentía muy listo imaginando...

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El himno de Cædmon

Now shall we praise the heavenly kingdom’s Guardian, the Creator’s ability and his wisdom, work of the glorious Father, so he wonder each, eternal Lord,origins created. He first created the earth for the children Heaven as a roof, holy Creator; then the earth mankind’s Guardian, eternal Lord afterwards created for men as earth, Lord almighty. En el inicio Cædmon cantó este...

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Alunizaje

El viejo Lotario tomaba un café y jugaba dominó con el viejo Anselmo y con el viejo Fermín y con el viejo Agustín (que sólo observaba porque sufría de artritis) y con el viejo Ezequías. Tomaban café, con un poquito de licor, y jugaban dominó. Una excusa para fumarse el cigarrito y platicar de los tiempos de antaño, temían que pronto se verían platicando de las bondades que tenía el otro antes de pasar a mejor vida. El café estaba vacío, de no ser por ellos y una pareja de jovencitos que guardaban una esquina apartada. La mesera les llevaba la dosis de cafeína, sin parar, con su poquito de licor o tal vez menos, o tal vez nada. Ya les conocía, como vecinos, y porque alguna veces les escuchaba hablar o les permitía que le halagaran con las palabras que sólo saben los ancianos. Cuando la miraban alejarse por el rabillo del ojo, Fermín decía–: Se ha de portar tan linda conmigo, porque ha de pensar que ya no se me para. –¡Levanten la mano –exclamó alegre Lotario–, los qué piensen que Fermín habla por si mismo! Todos los viejos, excepto Fermín, levantaron la mano acompañándolo con una estruendosa carcajada y después, siguieron revolviendo el dominó. Agustín, cuan callado era, tan sólo observó como se repartieron las piezas y se fumó su cigarrito cubano, buscando que decir para...

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Los condenaditos

Ayer no podía dormir, tan no podía dormir que me encontraba a las cinco de la mañana, aún pensando, bostezando, dando vueltas en la cama, creando telarañas invisibles con mis dedos, pensando, parpadeando a ver si así mi cuerpo se cansaba, pensando pendejadas. Si, eso hacía. Nada nuevo. El proceso para conciliar el sueño, hoy se valió de leer dos capítulos del Quijote, después bajar y ver una película, releer un poco algunos pendientes y subir de nuevo, a ver si eso me relajaba. Ni madres, o bien, en términos menos coloquiales: Sirvió para un carajo. Pensaba en eso...

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